En esta semana que ha durado más o menos 10 días, en donde he dado hasta lo que no tengo y mi tratamiento para lograr un colon menos deplorable se ha ido irónicamente a “la mierda”; me ha hecho dar cuenta de una cosa relevante y otras dos irrelevantes pero ciertas.
La primera, es que aun resisto los famosos trasnoches previos a la entrega de un proyecto sin perder mi correcta cordura de cabra y que el café, en cierta medida aun ayuda a enfocar el mínimo de energía que queda para finiquitar cualquier tarea (puede ir desde terminar un resumen ejecutivo, sonarse los mocos, hasta prepararse un té a media luz sin saber el paradero del endulzante).
La segunda, que debo volver al especialista para reiniciar el tratamiento de rejuvenecimiento intestinal, envejecido prematuramente por las altas tensiones, estrés y sufrimientos frente a minúsculos y mayúsculos problemas laborales así como del alma.
Y la tercera y no menos importante, que gastamos más de la mitad de la vida encerrados en cuatro paredes llenas de cables y teclados, haciéndonos ciegos adrede, respirando el aire a veces denso de otros, malgastando nuestras falanges y articulaciones, todo para poder pagar una renta, una crema de maní Calvé o simplemente una felicidad a plazos.
Disculpen si la presente entrada no es de su agrado y se siente sin ningún tipo de edición ni pulimiento, pero la verdad, es que esta misma, está escrita en piloto automático por un simio entrenado.