Siempre he pensado que son más inteligentes los ratones de
laboratorio, que después de un acertado error, aprenden a no
electrocutarse por tomar lo que creen suyo. Nosotros por el contrario, nos reímos
cuando vemos a las polillas entorpecidas chocar una y otra vez contra la
ventana o quemarse por completo con una vela, sin darnos cuenta por supuesto, que
nosotros hacemos lo mismo una y otra vez pero con nuestros errores y fallidas decisiones.
Nos sorprendemos de lo sorpresiva que es la muerte y se nos
erizan los pelos de la nuca cuando se lleva a alguien de forma prematura y sin
previo aviso; sin embargo, humanamente claudicamos en nuestro asombro y posible
aprendizaje, cuando después de todo y pese a todo, luego del miedo esfumado que
calaba nuestros huesos, prendemos como si nada un cigarro de excesos y abrimos nuevamente una botella de bohemia,
volvemos a perdernos en la ridiculez de la rutina y a creernos como siempre inmortales.
Creo que es hora de un cambio, creo que es hora por fin, de
empezar a aprender de los ratones.