Mi
cuarto, al igual que mi vida, es un conjunto de basura revuelta con recuerdos;
igual que la suya, pero tal vez un poco peor. Vivo, o trato de vivir desde que me dejó mi
esposa en este barrio en el que solo quedamos los fantasmas; entre chécheres,
cachivaches y hojas escritas a mano; entre cosas del ayer que ya no recuerdo y
del ahora, que igual desearía olvidar. Sin embargo, no puedo quejarme, se me ha
vuelto cómodo estar en esta casa lejos del todo, de todos (incluyendo animales
y alcohol), ya que a mis 87 años, tan solo necesito de una sopa caliente, un
baño cercano y una silla que apunte directamente al mar para estar complacido
en el pasillo exterior.
Caminar,
o tratar de hacerlo por la casa, es solo posible cuando voy por mi café de la
tarde, es grato pasar de vez en cuando por la alfombra de paginas rayadas o
impresas que cubren el piso; a veces me detengo a leer lo que escribí en algún
punto de mi vida, me sorprende lo ingenuo que uno puede llegar a ser en joven,
sobretodo cuando el amor es el que escribía y no tu razón. Por cierto, dejé de
escribir hace mucho tiempo atrás, exactamente un año y tres meses después de
que murió Lucia; cuando me di cuenta, que el amor no muere queriéndolo matar
con letras, cuando las prosas y los versos no me devolvían un recuerdo digno de esa mujer,
cuando me di realmente cuenta, que el
lenguaje escrito jamás logrará representar al corpóreo, de ahí, la extinción de
este poeta.