Lo habían terminado de invadir todos sus demonios, esos que
usted puede llamar locuras, desamores o simples quejas de niño rico, aunque no
lo fue nunca. Las pastillas se volvieron sus mejores compañeras, sus únicas
confidentes que aliviaban sus males después de que Rosario se cansó de amar a
un loco.
Un loco dicen todos, hasta la mujer que lo pario en el 83.
Pero lo que nadie sabe, ni siquiera este servidor, es que Daniel puede ver lo
que usted casi siempre no reconoce, por ejemplo, el sabor de la música
combinada con el alcohol, esa belleza del humo cuando se menea una taza de café
caliente o por ejemplo, y sin ir más lejos, la alegría que provoca el ver reír
a un erizo en las tardes que vomita la primavera.
Sin embargo, Daniel ha empezado de pronto a dejar de ser
Daniel, cada vez pierde más sus habilidades desde que decidió cada 8 horas
darle la bienvenida a la fluoxetina y no, a seguir perdiéndose en el huracán de
olores que provocaba mover su taza de tinto cuando le pone azúcar morena.
Daniel ha dejado de ser Daniel ahora que ha empezado a hacer caso a su
psiquiatra, empezó a ser el hijo que nunca fue, el amigo que todos esperaban,
ese hombre que aunque no sea él, basta para volver a dormir junto a Rosario y
besarla con esos labios que ya no son suyos.