No soy libre de miedos, y es que ellos me atacan cada dos horas y veinticinco minutos como zancudos hambrientos del Congo sobre mis miembros repletos de sangre. Es verdad que hace algunas semanas no he podido dormir y han vuelto pensamientos funerarios sobre mi destino, mi mísero legado o alguna que otra mundanidad dejada a medias.
Debo confesar que tengo miedo a quedarme solo o morirme de primero, tengo miedo al hanta, a que por fin sucumba el mundo a la ideología barata de la Iglesia Universal del Reino de Dios o que simplemente mi poca locura se desboque y me pierda del todo en el laberinto infinito de la esquizofrenia.
Hoy se viene una nueva noche que ya no soporta más un incremento de ojeras, de pronto puede ser que me entre el pánico por un nuevo tipo de cáncer adquirido o de que me vuelva inmune al prozac salvavidas; a que de pronto legalicen la pedofilia católica, la sacada de mocos en los semáforos y a que mis manos pierdan el tacto de sentirte cuando tus ojos dejen de verme como todas las mañanas y me cambies por caulquier cuerdo equilibrado.