Resulta que cuando los años llegan, o más bien se van; la piel tiende a desplazarse hacia el suelo. Es así como la barriga, las ojeras y las tetas (masculinas y femeninas) por poner un ejemplo, compiten por quien llegará primero abajo, desprendiendose lentamente y cada 365 días más del cuerpo. Como sí el envoltorio que cubre nuestras tripas quisiera volver al piso, a la tierra, a su lugar de origen.
De igual manera pasa con el alma, como sí le diera cada vez por emprender la huida ya sea por las orejas o la nariz, expandiendolas de tal forma año con año como figura de arcilla, volviéndolas irreconocibles, como dignas merecedoras de un primer premio en una exposición de tubérculos. Se qué esto puede sonar un poco traumático y fatalista, pero cabe resaltar que al día de hoy he completado 30 vueltas al sol desde que vi por primera vez su luz en el 83; aún no tengo tetas, eso sí es importante dejarlo claro y además, antes de recibir en unos años más el premio a la nariz más grande y parecida a una yuca, les digo, gracias por soportar mis letras escritas y habladas, gracias por pertenecer a mi universo, gracias desde el ayer, desde el hoy y como no, hasta el día en que mi cuerpo vuelva a la tierra a la fuerza y reencarne obligadamente en un repollo gracias a mi karma.