Si algo se (en mi corta, pero agitada vida amorosa) ha sido reconocer a una gata cuando esta al acecho, y no es que me gusten los dichosos felinos; famosos por el ronroneo y su caca que enferma. Si no más bien por esas féminas que hacen el honor de representar de la mejor forma las cualidades de tan dichoso animal carente de afectos continuos.
Estas mujeres buscan el cariño de manera cautelosa, de a ratos, cuando sus necesidades afloran como los pitos de los carros cuando alumbra el amarillo de los semáforos, acuden cuando solamente necesitan saciar sus necesidades sexo-sentimentales, dejando de lado casi siempre la invocación cuando uno las necesita de la misma forma. Estas mujeres con afectos capitulados, casi siempre son de físico agraciado y saben hacer buen uso de ello; así que un pobre mundano puede perfectamente caer sin darse cuenta en el juego monopolizado del querer, caído en el letargo de amar sin ser amado, esperando patéticamente que llegue la hora de verla sin tener poder alguno sobre su llegada.
Si ese es su caso, y aun no ha entregado su corazón, salga lo antes posible por cualquier salida de emergencia; pero si ya ese demonio ha calado hasta en sus tripas, empiece por buscar rápidamente un gurú o un cura que empiece con el proceso de exorcismo que es largo y doloroso en este caso, dejando tal vez cicatrices de por vida y un hueco en el corazón con ecos de recuerdo que le amarguen cualquier tipo de comida durante un largo largo tiempo.