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aprendamos de los ratones


Siempre he pensado que son más inteligentes los ratones de laboratorio, que después de un acertado error, aprenden a no electrocutarse por tomar lo que creen suyo. Nosotros por el contrario, nos reímos cuando vemos a las polillas entorpecidas chocar una y otra vez contra la ventana o quemarse por completo con una vela, sin darnos cuenta por supuesto, que nosotros hacemos lo mismo una y otra vez pero con nuestros errores y fallidas decisiones.

Nos sorprendemos de lo sorpresiva que es la muerte y se nos erizan los pelos de la nuca cuando se lleva a alguien de forma prematura y sin previo aviso; sin embargo, humanamente claudicamos en nuestro asombro y posible aprendizaje, cuando después de todo y pese a todo, luego del miedo esfumado que calaba nuestros huesos, prendemos como si nada un cigarro de excesos  y abrimos nuevamente una botella de bohemia, volvemos a perdernos en la ridiculez de la rutina y a creernos como siempre inmortales.

Creo que es hora de un cambio, creo que es hora por fin, de empezar a aprender de los ratones.

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Aunque ya no pueda arrepentirme de mis aportes literarios a mis “Ex” (hayan sido buenas, malas, efímeras o perversas), ya que todo lo escrito habla sobre amores jurados y desamores espermicidas, de vicisitudes agridulces y de muertes en vida; si puedo aclarar que a pesar de haber sido sentimientos fugaces o exageraciones que se creyeron reales en su momento, hoy tú te encargaste de hacerlos carecer totalmente de credibilidad y de hacerme entender que fueron solo meros retazos de singulares sentimientos que nunca trascendieron.

Así que ahora solo les queda a esas letras (buenas, malas, efímeras o patéticas) la suerte de que tal vez un día sean recopiladas en un inventario como un aporte más a la literatura humana, o hablando más sinceramente, solo como una prueba fehaciente de que el pasado nos enseña siempre, que nada es lo que parece.