Don fulano de tal se prepara para tomar el turno nocturno que ha realizado ya por tantos años a cargo de la limpieza del edificio, se despide de su esposa, hijos y nietos después del último pedazo de pan. Solo lleva lo estrictamente necesario para no estorbarle su andar en su vieja pero cuidada bicicleta. Al llegar, se pone el uniforme luego de saludar a los demás y de comentar las últimas noticias sobre el hijo de puta; como siempre hay mandos encontrados pero a la larga se concluye que ellos ya sean de un lado o del otro siempre quedaran en las mismas.
Don fulano toma su escoba y empieza de sur a norte por el piso de arriba como lleva ya 35 años haciéndolo, el, muy bien sabe que ese orden impide que usuarios trasnochados no le entorpezcan su trabajo y a su vez, tararear a viva voz las canciones que siempre se le vienen a la mente. Son ya las 11 y 39 de la noche, por un momento casi olvida su infaltable programa de radio, ese que lo mantiene al tanto a él como a todos los del turno nocturno de los capítulos inauditos que están pasando por estos días en el mundo. Sirve té para todos mientras empiezan a menear la cabeza de un lado a otro lamentando la muerte que llega desde Japón, comentando luego abiertamente de hasta donde ha llegado el hombre y de las repercusiones que la tierra cobra a veces hasta a los que no tienen la culpa.
Lo que ellos no saben por supuesto, es que mientras suspiran y sueltan una que otra lagrima disimulada; por vicisitudes o ironías de la vida, por soluciones radicales de oriente u occidente, o a decir verdad, simplemente por errores estúpidos de su querido y no tan querido hijo de puta, están a punto de ser besados por uno de los 40 misiles Tomahawk lanzados por la coalición; se encuentran brindando si tan siquiera saber que dichoso disparo esta ya a 3 metros de su única humanidad empeñada y de saber por supuesto, que aquel té ya tibio tras la buena charla es el ultimo de sus rutinarias vidas injustamente a punto de ser arrebatadas y sin siquiera saber, que se están convirtiendo en partes colaterales de una guerra de egos e intereses que comienza desde ya con su muerte.