Miro
con cierta antipatía al joven que fui, a esa persona que desbordaba nostalgias,
bohemias y depresiones por los huesos, los pizarrones y el asfalto que pisaba. Que escribía con cierto grado de patética pena
cada acontecimiento que nunca fue para mayores, del que sufrió sin sufrimiento,
adrede, contra natura, lamentando su existir por cuestiones de desamor y pena
auto infringida.
Es
verdad que los años nos dan cierta claridad de la realidad y criterio de lo pendejos
y ciegos que fuimos al ahogarnos en charcos y por renacuajos de paso, pero a
decir verdad, aunque hubiera podido ver desde el principio, debo reconocer que
me gustaba caminar a tientas, mutilando a mi colon y sembrando fantasmas en mi
cabeza que lograban escribir más de un verso a la madrugada.
Exorcicé con cierto alivio al idiota que fui, a ese que murió de pronto en el optimismo bienaventurado, a ese que dejo
de ser peso para mi ansiedad y mi sistema digestivo, a ese que agradablemente
expectore a tiempo por mis poros antes de la demencia. A ese que lamentablemente reencarno en mi
hermana menor, hasta nuevo aviso.