Así como nunca ganaré la lotería
ni me curaré de mi compulsividad, así como Kosovo quedó sin su venganza y los
Romanov sin un mísero descendiente para empeñar todos sus famosos huevos, también de
alguna forma menos trascendente pero sinónima, como mi postergado acto
de excomulgación frente a la iglesia o mis fallidos puntapiés en las gónadas a más
de un amigo para que se despabile y empiece a vivir; debo decir que esa sensación
de no haber tenido o tener, esa impresión de falta o falencia, se me ha
agudizado por estos días, sobre todo cuando cruzo por el “STOP” de mi esquina y me recuerda tu querida figura escuálida.
Y es que puedo decir que tengo la
misma sensación del Zar de Rusia cuando mis manos quedaron sin tocarte, al
igual que mi tacto sin percibir los causes que se crean cuando sonríes; quede
sin saber de qué color es la parte de piel que no alcanzan a ver mis ojos y por
supuesto del sabor de tu compañía en la real soledad de mi estado natural.
Es verdad sobre la facilidad de poder patear a un cura para ganar mi "libertad escrita" de credo, pero al
contrario de Kosovo que aun puede encontrar y torturar a los que la
desangraron, yo, ya no tengo ninguna posibilidad de generar al menos una esperanza para fusilar esa indiferencia que me regalaste y poder luego morir dignamente.