Hasta luego


Cuando las letras empiezan a cojear o no llegan hasta los dedos para ser escritas, es mejor ponerse a un lado y hacer una pausa. En ese preciso instante cuando la falta de alegría o falta de tristeza te dejan en un punto neutro, sin motivos, sin emociones o algún anexo que agregarle a las ridículas noticias del diario; sin que tener que escribirle a nadie con nombre propio o fulano inventado, habiendo mucho a quien amar o putear por escrito, no tiene sentido seguir esforzándose.

La vida me ha dejado en este momento en el cero de la escala numérica, en el punto de equilibrio donde todo resbala, donde da lo mismo si el mundo se ama o termina matándose a palo o comiéndose a causa de las sales de baño. No se realmente si esta sensación es a la que se refería Buda con el cuento del desprendimiento, pero creo que este desgarro, al menos literario o creativo, ha de durarme hasta que la vida me de otro electroshock para bien o para mal, despabilando cada falange y palabra dormida nuevamente.

Hasta luego.

El triste


Él, habitante invisible de estas calles, siempre dilataba para mañana el despabile para regalarle a ella, mesera ilustre de su cafetería favorita, una presentación o saludo con ánimo de lucro. Él, alma discreta y muda, prefiere dejar para el después todos los “te quiero”, los “gracias” y todas esas palabras que se creen de sobra para los que tienen su misma sangre, pero que a la larga hacen tanta falta como el pan y la mantequilla antes de una comida cualquiera.

Octavio, un ciudadano ilustre sin lustre, completamente opaco y sin gracia, ha salido a mostrar su rutina como todos los días, evitando calles que lo junten con conocidos, saltándose callejones que aludan a saludos y a buscar escondites necesarios para evitar sonrisas falsas; Octavio de ojos tristes y de vida postergada, camina ahora por calle Dolores con nada más que su sombra pegada a sus pasos, sin saber como todos los mundanos que habitamos este mundo que le llegará su muerte sin previo aviso y sin dilataciones, hoy, después de tomarse su ultimo café y guardarse su último silencio para su adorada Martha.


El Mengano


Resulta que este mengano tenía mucho, menos ganas de vivir; esas las había dejado guardadas en algún libro que nunca leyó, allá en el desván, almacenando polvo junto a las oportunidades perdidas, los "te quiero" no dichos y esa voluntad esfumada con la cual se han conquistado mundos. Había borrado su sonrisa por abusar de la bohemia, por fumarse el dinero y la cordura, nada más que por aspirarse toda la droga y nunca los buenos tiempos a las revoluciones reales con que venimos al mundo.

Me duele verlo caminar muerto por estas calles antes de estar difunto, verlo invadido de fantasmas, compartiendo con demonios y otros perdidos que podrían hundir mas humanos que misiles en el atlántico. Me pregunto que se le puede decir a un vivo que ha decidido enterrarse antes de tiempo, que se ha convertido en una tapia que no diferencia consejos de concejos, que nunca ha aprendido a usar el apoyo de los que lo aman, para resucitar de nuevo.