Cuando
las letras empiezan a cojear o no llegan hasta los dedos para ser escritas, es
mejor ponerse a un lado y hacer una pausa. En ese preciso instante cuando la
falta de alegría o falta de tristeza te dejan en un punto neutro, sin motivos, sin
emociones o algún anexo que agregarle a las ridículas noticias del diario; sin que
tener que escribirle a nadie con nombre propio o fulano inventado, habiendo
mucho a quien amar o putear por escrito, no tiene sentido seguir esforzándose.
La
vida me ha dejado en este momento en el cero de la escala numérica, en el punto de
equilibrio donde todo resbala, donde da lo mismo si el mundo se ama o termina matándose
a palo o comiéndose a causa de las sales de baño. No se realmente si esta sensación es a la que se refería Buda con el cuento
del desprendimiento, pero creo que este desgarro, al menos literario o
creativo, ha de durarme hasta que la vida me de otro electroshock para bien o
para mal, despabilando cada falange y palabra dormida nuevamente.
Hasta
luego.