Exactamente a las 10 y 42 minutos, las gotas se mantuvieron estáticas, esa lluvia que tanto se había enmarañado en ahogarnos de alguna forma violenta se había detenido; el viento se enmudeció al igual que el caos en la avenida.
De pronto, lo que nos preocupaba de alguna forma quedó sobre la mesa, a lado mismo de nuestras bebidas, nuestros nervios y las llaves de tu casa; solo la intranquilidad de no dejar de mirarte para calcar de la mejor forma ese pequeño momento, tu aroma, tu mirada y tu calor, se hacía presente a lado de las pequeñas luces que se habían quedado tatuadas sobre tu mejilla.
Todo fue una finita pausa lograda por tan solo un beso de nuestros cuerpos, que hizo de alguna forma inmediata de que el mundo dejara de girar y morir, justamente, para vernos como deteníamos el tiempo con tan solo unir nuestros labios.