Alfonso
siempre sabe, que a la hora de salir por un cappuccino empezará a desintegrarse,
siempre le llega esa epifanía después de cerrar con doble seguro su puerta y
guardar las llaves en el mismo bolsillo; él, conoce de sobremanera que
emparejarse el gorro y apretar su bufanda que le a regalado su madre hace
cuatro otoños, no tiene ningún sentido si unas cuadras mas adelante carecerá
de miembros y partes para poderlos alojar.
Y
así, evidentemente esa tarde del 21 de abril pasó lo mismo, al primer paso comenzó
por desaparecer su falange izquierda, a la primera cuadra ya lo había
abandonado completamente su brazo y parte de la clavícula, que decir a la
segunda y tercera, para la cuarta, ya solo le quedaba una pierna unida
débilmente a dos dedos y a su cabeza sin boca ni orejas; por suerte y de forma
milagrosa abrió como pudo la puerta del café antes de perder completamente sus
miembros restantes.
Solo sus ojos quedaron como siempre antes de perderse
totalmente para ver a su Agustina, esa chica que tanto le gusta y que lo hace
desaparecer por culpa de la timidez y la falta de un “hola” que golpee en
las gónadas a su tan odiada cobardía.