Es imposible resistirse a una fémina cuando sin pena y con gloria nos invade de pronto cada rincón de nuestras esquinas; cada alveolo, cada célula y personalidades múltiples que poseemos. Cuando de un modo imprevisto y después de un whiskey o un mojito mal preparado (o bueno, no nos hagamos los mojigatos) y después de varios tragos o pocas cosas ilegales se logra calar entre los ventrículos o los testículos: con una apariencia de emperatriz, de amor de la vida, dominatriz o de mujer decentemente aceptable por los efectos del alcohol y una buena charla ¿Cómo no alojar entonces de alguna forma en nuestros adentros a tan divino virus? así sea por una hora, una noche o una eternidad. Así sea como un infinito augurio bienvenido, así se adueñe a la fuerza del cerrojo de las puertas del olvido y de tu closet o tan solo si logra darle un puntapié a lo Daniel San en las gónadas a la soledad por una noche. Todos estamos de acuerdo que vale la pena sudarse la camiseta por ese momento inespecífico e incalculable de compañía.
Tal vez con el tiempo ni se llegue a recordar la más mínima inicial de aquel nombre, el lugar donde se la conoció, el color de sus ojos o el sabor de sus senos; pero si quedará seguramente en algún rincón de la memoria que en su presente pasado fue como muchas o pocas… una esperanza desconocida de lo que cada hombre busca.