No
puedo escapar del miedo por más que trato de refundirme en los rincones de mi casa; usted dirá que ya estoy bastante crecidito para parir miedos básicos, pero la
verdad es que vaya uno a saber porque le temo tanto a la muerte, si ya tengo más
de la mitad del promedio de vida gastada en un país sin garantías de llegar a
viejo. Pero la verdad es que tengo miedo de dejar este mundo, a mi gente, a esta
vida que tiene tantas vidas y tantas muertes juntas; tengo miedo a no escribir
mi último cuento que será recordado o darle a Monica su último gran beso como Dios
manda.
Que
me dicen de no probar mi mejor café, ver ese paisaje que supera la imaginación o no alcanzar a leer toda la colección de
Borges en el pasillo de mi casa en el mar que aun no tengo. Se que no llegaré a
la mitad de mis pendientes, mucho menos de amarla tanto como le prometí el día en
que me comprometí. Lo cierto es que por
cada segundo que esté en este mundo respirando el oxigeno que aun no han
logrado privatizar, seguiré tratando de huirle a la muerte por cada callejón del
viejo Santiago para pasar el tiempo con usted, solo con usted, privilegiándola
siempre; así me pierda de probar el mejor café del mundo o de leer el último ensayo
descubierto de mi autor preferido en mi hipotética casa en el mar.