Se nos ha vuelto normal ver la
cara de algún fulano que se ha hecho famoso en las redes, ya sea por merito
propio o porque sus facciones auguran frases relacionadas a su éxito o a su
fracaso. Se nos ha vuelto redundante reír a carcajadas a costa de ajenos que
solo pecaron por fallar o follar (como lo hacemos usted y yo) ante una cámara o
un celular listo para grabar. ¿Cuántas Amandas Todd tendrán que morir para darse
cuenta que las redes sociales también pueden convertirse en un infierno si no
aprendemos a manejarlas? ¿Cuándo entenderemos que lo único bueno de Facebook y
otras redes sociales, han sido entre otras, hacer rico a terceros o quitarle
horas de producción y de creación creativa al hombre contemporáneo?
Puede sonar exagerado, pero si
algo caracteriza al hombre de hoy, es que visita sus cuentas sociales cada vez mas que a
su propia madre; ademas, de estar mas
preocupado por lo que se ha publicado en su muro, que en derribar los propios que carga
encima para encontrar lo verdaderamente importante en esta dimensión en la que
respira. Hasta cuando nos durará este morbo de saber lo que en realidad solo le
pertenece al otro, su momento de intimidad, de torpeza, de humillación, o simplemente
guardar un poco de respeto por ello, así, de ese mismo modo como respetamos y
silenciamos los propios cuando nos llega el momento.
Es fácil criticar y arreglar
el mundo detrás de una pantalla, es fácil sentirse con un poder demás para humillar o juzgar a alguien
que se ha visto expuesto en el amor u el odio en los tiempos de Youtube. Es fácil dar un juicio
“certero” ante un contexto desconocido, ante una persona tan lejana y
desconocida, como si nosotros, mismos hijos de un torpe Dios que nos dejó a
medias, fuéramos totalmente perfectos.