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Ahora solo me queda esperar como augurio bienvenido, como el pasto sediento a la jornada de lluvias, como ese beso entre amantes pausado por la cautela; simplemente como el planeta tierra espera a la extinción de la humanidad para tomar un respiro.
¿Por qué siempre al final tenemos que depender de la esperanza, de la buena onda, del Dios de turno o de alguna conspiración a nuestro favor por parte de algún foro de desocupados o sabios que manejan el universo?
¿Por qué la espera vale siempre por tres y siempre termina por volvernos prisioneros de guerra o simples locos ambulantes? ¿Por qué pese a todo lo dicho, la espera siempre será sinónimo de fe o esperanza camuflada en algún santo en el cual no se cree?
Será esperar invocando todas las ayudas posibles por una buena respuesta, así sea vendiendo el alma a San Euclides o al mejor farsante cienciólogo. El ciego que canta en la esquina de la calle Providencia con la Concepción siempre tendrá la razón: “A los incrédulos, por más que ladren, la Fe siempre terminará callándoles la boca cuando la necesiten”