Están los que aparecen sin molestar, solo como una sombra que se podría confundir perfectamente con la de tu abrigo o el mueble de tu cuarto. Están los que te susurran al odio sus penas y el dolor dejado en vida, aquellos ecos lúgubres que quieren ser escuchados pero que carecen de todo tipo de aliento para hacerse entender.
Existen también los grises, los que ves o no asecharte en la noche, los que te despiertan escalofríos y unos miedos de más en las tripas. Esos que malintencionadamente te mueven el escaparate y el pánico, esos que podrías confundir con un vivo en la calle, el edificio o el pasillo; pero que simplemente ya están muertos, carentes de todo tipo de coraza corpórea y pudriéndose en algún lugar debajo de la tierra.
Pero existen algunos fantasmas peores, de esos que usted y yo conocemos y que sabemos que tienen todavía pulso, nombre y sangre en sus miembros; esos espectros que se esconden en nuestra memoria como mero sinónimo de algo quedado a medias, de una huella en el arrepentimiento, de un perdón no dado o simplemente de un amor no correspondido que quedo penando en su ático.
Se dice que estos últimos andarán siempre en el limbo como un muerto que le llego la muerte temprana por mero capricho de un Dios o un destino; eso, hasta que usted por fin se exorcice de ese mal pasado ectoplasmático, mire adelante sin espejismos y pase completamente a la próxima hoja donde de verdad comenzará su vida, sin ningún tipo de muertos vivientes.