Sacudió
como todas las mañanas las mismas sabanas agujereadas, se preparó el té y se
hizo al andar con sus pies cuarteados por el polvo y la falta de atención a
trivialidades femeninas. Vendió toda la carga de pan hecha en la madrugada,
vendió su tiempo, sus sonrisas y las gotas de sudor que se metían entre sus
arrugas prematuras. Ya había pasado su tiempo para hacer hijos, aunque con su
trabajo no había tanto tiempo para pensar en ello, se lo recordaba de vez en
cuando, el ver a tanto chiquillo jugar a la pelota en las calles polvorientas de
su querida Jibaliya, se lo recordaba a veces al terminar el sexo con su adorado o tal
vez, cuando sobraba en la mesa una pieza de pan que un tercero podría terminar con
gusto y sin problema.
Ya
era hora de partir al hogar y de empezar la cena para su visitante nocturno, cuando
miró o creyó ver a su madre muerta sonreírle a un costado del puesto de
enfrente, sintió como el escalofrió de lo inexplicable se le subía a los huesos
y se le esparcía por el cuerpo y sus 20 dedos; retomó su regreso torpe, aun
aturdida por la visión atribuida al sol que no distingue a locos y cuerdos, ese mismo que fue testigo del sonar de la alarma que se prendía sin tener en cuenta
los sensibles sentidos de la mujer, sin tener en cuenta lo tardía de su
llegada, sin tener en cuenta que no sirve de nada su grito cuando el cielo ya
esta cargado de misiles de muerte que llegan y arrasan todo, que suprimen vidas,
fantasmas y suspiros, que eliminan a niños y juegos de pelota; que borran recuerdos, citas y piezas de pan.