Estos días de lluvia me hacen dar cuenta de que puedo ser una persona de agua, de esos que solo les basta el sonido del goteo para enmarcar una sonrisa. Y es que esta lluvia, al menos en esta ciudad, trae mucho más que despejar las calles de cobardes; ya que de alguna manera se las arregla también para sacarnos de esta rutina espesa y de paso y sin cuota de manejo, limpiar el cielo que a diario es aniquilado por los autos con sus vómitos residuales.
Hoy es un jueves disfrazado de lunes, las reservas de café aun no han logrado sacarme del estado catatónico con el que vengo después de divorciarme prematuramente de la almohada. No queda más que acercarse sigilosamente a la ventana mientras todo el mundo afuera corre para huir de ese elemento que irónicamente da la vida. Me quedo enmarañado de lluvia mientras miro a la nada; es un minuto solo mío en donde se puede perfectamente cambiar el mundo con millones de ideas u olvidarlo completamente con todos sus humanos anexos que nos dejaron de alguna manera en la puerta del olvido.
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