Hace
mucho que no la visitaban conocidos o extraños, era de esperarse, ya que el
tiempo había dejado en ella esa vejez que deteriora y agrieta. La soledad había terminado por borrar los
recuerdos de los gritos y risas de los niños que alguna vez corrieron, que
jugaron, que crecieron, que maduraron y se fueron dejándola sin ningún tipo de
retorno, sin ningún tipo de esperanza mas que la idea de volverlos a ver antes
de derrumbarse en el sueño de la muerte.
Desde
hace mucho que las caras de los otros, de sus otros, se habían transformado en
imágenes borrosas casi imperceptibles al invocarlas, solo la visita de algún
fantasma perdido en la noche, cortaba el silencio que se arrinconaba siempre en
los escondrijos de su ser. Ya no había nada porqué seguir en pie, porqué mantenerse erguida si ya nadie la hacia suya, si pasaba inadvertida por las
personas que pasaban a su lado indiferentes y que antes hacían una pausa para
contemplar su belleza.
De pronto sintió la lluvia que llegó de imprevisto como nunca, la sintió acariciar cada una de
sus partes como jamás en sus 135 años de vida lo había hecho; la sintió en cada
una de sus esquinas, de sus curvas y partes desmembradas, sintió que ese era su
ultimo momento de jubilo, casi adivinando lo que se venia venir con el sonido
de los relámpagos. Fue entonces que sintió el primer golpe que estremeció sus
mas escondidos cimientos, fue testigo silencioso de cómo caía cada una de sus
ventanas, sus muros superiores, como la abandonaba cada teja y ornamento que fueron
parte vital de su pasado glorioso, se dio cuenta de que esa gran maquina amarilla
que la había visitado por ultima vez, era con cada golpe dado, su verdugo y su
salvador.