Perdido


Lo habían terminado de invadir todos sus demonios, esos que usted puede llamar locuras, desamores o simples quejas de niño rico, aunque no lo fue nunca. Las pastillas se volvieron sus mejores compañeras, sus únicas confidentes que aliviaban sus males después de que Rosario se cansó de amar a un loco.

Un loco dicen todos, hasta la mujer que lo pario en el 83. Pero lo que nadie sabe, ni siquiera este servidor, es que Daniel puede ver lo que usted casi siempre no reconoce, por ejemplo, el sabor de la música combinada con el alcohol, esa belleza del humo cuando se menea una taza de café caliente o por ejemplo, y sin ir más lejos, la alegría que provoca el ver reír a un erizo en las tardes que vomita la primavera.

Sin embargo, Daniel ha empezado de pronto a dejar de ser Daniel, cada vez pierde más sus habilidades desde que decidió cada 8 horas darle la bienvenida a la fluoxetina y no, a seguir perdiéndose en el huracán de olores que provocaba mover su taza de tinto cuando le pone azúcar morena. Daniel ha dejado de ser Daniel ahora que ha empezado a hacer caso a su psiquiatra, empezó a ser el hijo que nunca fue, el amigo que todos esperaban, ese hombre que aunque no sea él, basta para volver a dormir junto a Rosario y besarla con esos labios que ya no son suyos.





Antonieta y Eusebio


No importa la hora, no puede sacarla de su cabeza, de su sexo o falanges atrofiadas; se le ha metido en cada pensamiento de sus días y de sus noches, algo así como ese estribillo que las grandes casas musicales fabrican para que no te abandonen por un buen tiempo.

Es inevitable no tratar de soñarla, así lo haya logrado solo en un 0.23 por ciento de los casos, igual, que importa si antes de dormir puede armar cualquier tipo de historia juntos, cada una mejor que la otra, eso sí; con huidas de estas tierras grises, con nuevos rumbos mundanos y astrales, pero siempre desenlazándose desnudos en alguna cama del mundo.

A Eusebio se le va la vida entera pensando en Antonieta, se le va también la hora del almuerzo, del trabajo y del sueño inventando posibles aventuras; se le va también el bus del paradero, las citas impuestas por su evadida y vecina Raquel Buenaventura, así como el poco tiempo que tiene para agradecer a su Dios por las cosas entregadas. 

A Eusebio se le va su tiempo sin saber que tanta invención y espera es en balde, no obstante, sigue a la espera de que algún día pueda llegar a besar físicamente a Antonieta; así, tal cual como ella, espera lo mismo cada dia al ver pasar a esa persona indiferente y hermosa por calle Bandera, llamada justamente, Raquel Buenaventura.

Extinción


Mi cuarto, al igual que mi vida, es un conjunto de basura revuelta con recuerdos; igual que la suya, pero tal vez un poco peor.  Vivo, o trato de vivir desde que me dejó mi esposa en este barrio en el que solo quedamos los fantasmas; entre chécheres, cachivaches y hojas escritas a mano; entre cosas del ayer que ya no recuerdo y del ahora, que igual desearía olvidar. Sin embargo, no puedo quejarme, se me ha vuelto cómodo estar en esta casa lejos del todo, de todos (incluyendo animales y alcohol), ya que a mis 87 años, tan solo necesito de una sopa caliente, un baño cercano y una silla que apunte directamente al mar para estar complacido en el pasillo exterior.

Caminar, o tratar de hacerlo por la casa, es solo posible cuando voy por mi café de la tarde, es grato pasar de vez en cuando por la alfombra de paginas rayadas o impresas que cubren el piso; a veces me detengo a leer lo que escribí en algún punto de mi vida, me sorprende lo ingenuo que uno puede llegar a ser en joven, sobretodo cuando el amor es el que escribía y no tu razón. Por cierto, dejé de escribir hace mucho tiempo atrás, exactamente un año y tres meses después de que murió Lucia; cuando me di cuenta, que el amor no muere queriéndolo matar con letras, cuando las prosas y los versos no me devolvían un recuerdo digno de esa mujer, cuando me di realmente cuenta, que el lenguaje escrito jamás logrará representar al corpóreo, de ahí, la extinción de este poeta. 

Leticia


El olor del pescado se mezclaba ya con el del café de la tarde, como siempre Leticia, debía entregar la canasta vacía después de menear sus curvas y vender hasta el último mango del día. Ella partía rutinariamente por las veredas de la Habana vieja; la mejor opción para enamorar gringos sueltos con el vaivén de su culo y venderles así sus mangos como si fueran de oro. El día iba como todos sus días, como desde el mismísimo en que su madre le enseño a usar su cabeza como mesa, como desde que descubrió que el ron era el mejor invento para calmar los pesares, desde el día en que entendió que un buen habano no se lo puede juzgar de la misma forma que se lo hace a los simples mortales. 

Pero la vida casi siempre nos sorprende cuando la marea esta calma, vaya uno a saber si es para entretener a un Dios aburrido o simplemente para sacarnos de esos estados vegetativos que nos hacen olvidar que uno todavía anda vivo. Así fue como la vida o más bien el amor, le llegó a Leticia mientras devoraba su cebiche en el malecón, fue así como volvió a sentir las mismísimas cosas en sus tripas y en su mulata piel, qué cuando se enamoró hace unos años atrás cuando creía aun en la revolución de Fidel. 

Hasta ahí ningún problema chico; problema, cuando aún se sigue enamorada del que le robo más que un beso en el puerto que la había parido en el 74; problema, cuando se está casada o cazada por la ley y por Dios con todos sus santos, habiendo cerrado con su “si, acepto” la puerta hasta ese momento a la poligamia o a una que otra aventura que pudiera despabilarla; problema grande camarada, cuando se quiere ser más que rescatada de la rutina de un esposo que ama y adora, pero que prefiere, hoy por hoy, tocar solo vasos de ron en las rocas y fichas de dominó en las noches, antes que sus bellos pechos mulatos por los que miles de gringos comprarían mangos biches hasta el cansancio solo para poderlos conocer.

Invisible


Alfonso siempre sabe, que a la hora de salir por un cappuccino empezará a desintegrarse, siempre le llega esa epifanía después de cerrar con doble seguro su puerta y guardar las llaves en el mismo bolsillo; él, conoce de sobremanera que emparejarse el gorro y apretar su bufanda que le a regalado su madre hace cuatro otoños, no tiene ningún sentido si unas cuadras mas adelante carecerá de miembros y partes para poderlos alojar.

Y así, evidentemente esa tarde del 21 de abril pasó lo mismo, al primer paso comenzó por desaparecer su falange izquierda, a la primera cuadra ya lo había abandonado completamente su brazo y parte de la clavícula, que decir a la segunda y tercera, para la cuarta, ya solo le quedaba una pierna unida débilmente a dos dedos y a su cabeza sin boca ni orejas; por suerte y de forma milagrosa abrió como pudo la puerta del café antes de perder completamente sus miembros restantes. 

Solo sus ojos quedaron como siempre antes de perderse totalmente para ver a su Agustina, esa chica que tanto le gusta y que lo hace desaparecer por culpa de la timidez y la falta de un “hola” que golpee en las gónadas a su tan odiada cobardía.