El olor del pescado se mezclaba ya con el
del café de la tarde, como siempre Leticia, debía entregar la canasta vacía
después de menear sus curvas y vender hasta el último mango del día. Ella
partía rutinariamente por las veredas de la Habana vieja; la mejor opción para
enamorar gringos sueltos con el vaivén de su culo y venderles así sus mangos como si
fueran de oro. El día iba como todos sus días, como desde el mismísimo en
que su madre le enseño a usar su cabeza como mesa, como desde que descubrió que
el ron era el mejor invento para calmar los pesares, desde el día en que
entendió que un buen habano no se lo puede juzgar de la misma forma que se lo
hace a los simples mortales.
Pero la vida casi siempre nos sorprende
cuando la marea esta calma, vaya uno a saber si es para entretener a un Dios
aburrido o simplemente para sacarnos de esos estados vegetativos que nos hacen
olvidar que uno todavía anda vivo. Así fue como la vida o más bien el amor, le
llegó a Leticia mientras devoraba su cebiche en el malecón, fue así como volvió
a sentir las mismísimas cosas en sus tripas y en su mulata piel, qué cuando se
enamoró hace unos años atrás cuando creía aun en la revolución de Fidel.
Hasta ahí ningún problema chico; problema, cuando
aún se sigue enamorada del que le robo más que un beso en el puerto que la
había parido en el 74; problema, cuando se está casada o cazada por la ley y
por Dios con todos sus santos, habiendo cerrado con su “si, acepto” la puerta
hasta ese momento a la poligamia o a una que otra aventura que pudiera
despabilarla; problema grande camarada, cuando se quiere ser más que rescatada
de la rutina de un esposo que ama y adora, pero que prefiere, hoy por hoy, tocar
solo vasos de ron en las rocas y fichas de dominó en las noches, antes que sus
bellos pechos mulatos por los que miles de gringos comprarían mangos biches
hasta el cansancio solo para poderlos conocer.
1 comentario:
muy bueno sigue escribiendo,
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