todos somos iguales


Patas en vez de pies, callejero en vez de errante; hasta donde nos diferenciamos usted y yo, si veo que respiramos el mismo aire y siento igual que usted cuando una pelirroja anda apurada y nos pisa alguna una extremidad.

El amor lo dejo como muchos en cada esquina, lo recojo en cada caricia o roce indirecto con cualquier extraño ¿a quién seguiré hoy y hasta dónde? ¿En qué momento me cerraran la próxima puerta para no pasar a donde está el abrigo?

No nací querido, ni con dueño, ni con comida baja en grasa para que mi mierda no huela a mierda. No nací afortunado como muchos, pero crecí en el planeta que usted también pisa, nací aquí y aquí moriré.

Si usted me ve diferente o me ignora porque me cree menos que usted amigo humano, sepa que al final terminaremos en el mismo lado donde nadie sabe dónde queda, pero se llega igual; allá mismo donde logro difícilmente olfatear los traseros de mis antepasados, allá mismo, donde todos nos llamamos simplemente difuntos.

tragicomedia


Soy un fantasma sin querer serlo, un muerto que murió sabiendo exactamente la hora de su partida, un eco que recorre las noches en busca de lo que ya poco recuerda. Creo que empecé a aparecer por estos pasillos hace 100 años fantasma y he visto pasar familias cercanas y lejanas, unas más alegres que otras, unas más muertas que vivas.

Camino sin pies por las solitarias habitaciones de la casa, me siento a ver por la ventana como pasean a los perros y a los niños en las tardes; Como extraño un buen café, una buena copa o simplemente el beso de buenas noches. ¿Donde estará mi amor perdido? me pregunto, porque no sé aun su paradero desde que me dejo por Humberto cuando mi país decidió por mí para ir a la guerra; no lo sé aun, desde que decidí abrir mis venas a la fuerza para preguntarle al Dios que aun no he visto, porque le gustan tanto las tragicomedias.

Perdido


Lo habían terminado de invadir todos sus demonios, esos que usted puede llamar locuras, desamores o simples quejas de niño rico, aunque no lo fue nunca. Las pastillas se volvieron sus mejores compañeras, sus únicas confidentes que aliviaban sus males después de que Rosario se cansó de amar a un loco.

Un loco dicen todos, hasta la mujer que lo pario en el 83. Pero lo que nadie sabe, ni siquiera este servidor, es que Daniel puede ver lo que usted casi siempre no reconoce, por ejemplo, el sabor de la música combinada con el alcohol, esa belleza del humo cuando se menea una taza de café caliente o por ejemplo, y sin ir más lejos, la alegría que provoca el ver reír a un erizo en las tardes que vomita la primavera.

Sin embargo, Daniel ha empezado de pronto a dejar de ser Daniel, cada vez pierde más sus habilidades desde que decidió cada 8 horas darle la bienvenida a la fluoxetina y no, a seguir perdiéndose en el huracán de olores que provocaba mover su taza de tinto cuando le pone azúcar morena. Daniel ha dejado de ser Daniel ahora que ha empezado a hacer caso a su psiquiatra, empezó a ser el hijo que nunca fue, el amigo que todos esperaban, ese hombre que aunque no sea él, basta para volver a dormir junto a Rosario y besarla con esos labios que ya no son suyos.





Antonieta y Eusebio


No importa la hora, no puede sacarla de su cabeza, de su sexo o falanges atrofiadas; se le ha metido en cada pensamiento de sus días y de sus noches, algo así como ese estribillo que las grandes casas musicales fabrican para que no te abandonen por un buen tiempo.

Es inevitable no tratar de soñarla, así lo haya logrado solo en un 0.23 por ciento de los casos, igual, que importa si antes de dormir puede armar cualquier tipo de historia juntos, cada una mejor que la otra, eso sí; con huidas de estas tierras grises, con nuevos rumbos mundanos y astrales, pero siempre desenlazándose desnudos en alguna cama del mundo.

A Eusebio se le va la vida entera pensando en Antonieta, se le va también la hora del almuerzo, del trabajo y del sueño inventando posibles aventuras; se le va también el bus del paradero, las citas impuestas por su evadida y vecina Raquel Buenaventura, así como el poco tiempo que tiene para agradecer a su Dios por las cosas entregadas. 

A Eusebio se le va su tiempo sin saber que tanta invención y espera es en balde, no obstante, sigue a la espera de que algún día pueda llegar a besar físicamente a Antonieta; así, tal cual como ella, espera lo mismo cada dia al ver pasar a esa persona indiferente y hermosa por calle Bandera, llamada justamente, Raquel Buenaventura.