El triste


Él, habitante invisible de estas calles, siempre dilataba para mañana el despabile para regalarle a ella, mesera ilustre de su cafetería favorita, una presentación o saludo con ánimo de lucro. Él, alma discreta y muda, prefiere dejar para el después todos los “te quiero”, los “gracias” y todas esas palabras que se creen de sobra para los que tienen su misma sangre, pero que a la larga hacen tanta falta como el pan y la mantequilla antes de una comida cualquiera.

Octavio, un ciudadano ilustre sin lustre, completamente opaco y sin gracia, ha salido a mostrar su rutina como todos los días, evitando calles que lo junten con conocidos, saltándose callejones que aludan a saludos y a buscar escondites necesarios para evitar sonrisas falsas; Octavio de ojos tristes y de vida postergada, camina ahora por calle Dolores con nada más que su sombra pegada a sus pasos, sin saber como todos los mundanos que habitamos este mundo que le llegará su muerte sin previo aviso y sin dilataciones, hoy, después de tomarse su ultimo café y guardarse su último silencio para su adorada Martha.


El Mengano


Resulta que este mengano tenía mucho, menos ganas de vivir; esas las había dejado guardadas en algún libro que nunca leyó, allá en el desván, almacenando polvo junto a las oportunidades perdidas, los "te quiero" no dichos y esa voluntad esfumada con la cual se han conquistado mundos. Había borrado su sonrisa por abusar de la bohemia, por fumarse el dinero y la cordura, nada más que por aspirarse toda la droga y nunca los buenos tiempos a las revoluciones reales con que venimos al mundo.

Me duele verlo caminar muerto por estas calles antes de estar difunto, verlo invadido de fantasmas, compartiendo con demonios y otros perdidos que podrían hundir mas humanos que misiles en el atlántico. Me pregunto que se le puede decir a un vivo que ha decidido enterrarse antes de tiempo, que se ha convertido en una tapia que no diferencia consejos de concejos, que nunca ha aprendido a usar el apoyo de los que lo aman, para resucitar de nuevo.

30 vueltas al sol



Resulta que cuando los años llegan, o más bien se van; la piel tiende a desplazarse hacia el suelo. Es así como la barriga, las ojeras y las tetas (masculinas y femeninas) por poner un ejemplo, compiten por quien llegará primero abajo, desprendiendose lentamente y cada 365 días más del cuerpo. Como sí el envoltorio que cubre nuestras tripas quisiera volver al piso, a la tierra, a su lugar de origen.

De igual manera pasa con el alma, como sí le diera cada vez por emprender la huida ya sea por las orejas o la nariz, expandiendolas de tal forma año con año como figura de arcilla, volviéndolas irreconocibles, como dignas merecedoras de un primer premio en una exposición de tubérculos. Se qué esto puede sonar un poco traumático y fatalista, pero cabe resaltar que al día de hoy he completado 30 vueltas al sol desde que vi por primera vez su luz en el 83; aún no tengo tetas, eso sí es importante dejarlo claro y además, antes de recibir en unos años más el premio a la nariz más grande y parecida a una yuca, les digo, gracias por soportar mis letras escritas y habladas, gracias por pertenecer a mi universo, gracias desde el ayer, desde el hoy y como no, hasta el día en que mi cuerpo vuelva a la tierra a la fuerza y reencarne obligadamente en un repollo gracias a mi karma.









a toda hora.


Salir a caminar entre tus calles y avenidas,
entre esos parques de diversiones solo para adultos,
entre la brisa de tu aliento que me llama a tu boca,
en la hora misma de buscarte y encontrarte que son todas.

Caminar de día o de noche,
mas bien donde las ganas nos sorprendan así sea con lluvia
o con este maldito sol de verano que me encoge la vista,
caminar por tus manos que me aman en braille y con la luz encendida,
para luego descansar en tus paraderos y bares con happy hour a toda hora.

Salir y entrar siempre a tu ciudad que es la mía,
recorrerla hasta el último suspiro de placido oxigeno sudoroso,
recorrerla hasta perderme en semejantes rincones de hierva y concreto,
siempre volviendo si me pierdo en tus vastos valles, a tu ombligo.

Seguir, volver, continuar.


De que sirve escribir cuando nadie extraña tus letras,
cuando lo escrito se queda en una hoja o pantalla sin adulos o insultos,
cuando no eres mas que un espacio sin vida en el ciberespacio,
sin la respuesta del que lee o del que podría hacer suyas mis letras.

Sin embargo, seguiré escribiendo para ese lector 
que pasa desapercibido como turista perdido,
para esos ojos NN de fulanos y extraterrestres asociados,
para esas cabezas que olvidan lo que digo después de las noticias de las 8,
de los suspiros en horas laborales y de las ofertas dos por uno del puto centro comercial.

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