No es nuevo que hace un tiempo las ausencias o los traumas infundados en la infancia resonaban en ese presente, en ese tiempo donde las cosas pasaban en cámara lenta y con insomnios y taquicardias; es cierto que todos los males en mi cabeza me habían invadido de sur a norte y también transversalmente, el miedo a la muerte y a lo desconocido hizo en mi llegar al punto de no diferenciar la realidad, de la mierda de realidad que había creado en mi cerebro, es verdad que mi compulsividad había llegado al límite alcanzando al punto de empezar a creerme de verdad un Jack en la película Mejor Imposible.
No es nuevo que hace un tiempo haya tocado fondo hasta el punto de no poder controlar la ansiedad que me había acompañado de forma mansa tantos años, a dejarme de sentir faraón para acudir como un lacayo a las faldas de un terapeuta, no es fácil (al menos para mí) el reconocer que perdí una batalla en el juego de la vida y que la locura por un momento me haya derrotado dejandome por un momento en la suplencia.
Debo ser honesto y decir que después de tanto tiempo y después de una mejora radical a simple vista (tuya y mía por supuesto), anoche me visito el miedo, no en calidad de locura lo aclaro, pero me hizo por un momento recordar las noches en cuando fui un “yo” desproporcionado, ese que siempre he tratado tal vez de retener para no alborotar al mundo y a la rutina que siempre nos abraza; sin embargo el miedo no llegó por o para eso, simplemente vino para hacerme angustiar y rogar para que ojalá nunca me dejes cuando deje de ser yo por un momento y vuelva a ser el mismo que fui.